Las semillas son el insumo central de la agricultura, que a su vez es la base de la alimentación. Durante milenios, generaciones y generaciones de agricultores aprendieron a mejorar las semillas a partir de métodos de cruzamiento y selección. Al principio del siglo pasado, en asociación con avances en el conocimiento, aparecieron fitomejoradores profesionales, interactuando con los agricultores y entre sí. Las empresas se empezaron a involucrar cuando apareció la posibilidad de apropiarse de las semillas, primero por una innovación técnica, la hibridación, y luego a través de una institución, los derechos de propiedad intelectual. La posibilidad de hacer modificaciones genéticas, susceptibles de ser patentadas ha estado asociada en los últimos años a un enorme proceso de concentración. A mediados de la década de 1980, las nueve empresas más grandes tenían el 13% del mercado mundial de semillas. En 2017, solo seis empresas controlaban más del 60%, y la tendencia a la concentración avanza.
La capacidad de patentar secuencias genéticas y, en algunos países, variedades de semillas completas, permite a las compañías de semillas evitar que el germoplasma sea utilizado por otras empresas, el sector público y los agricultores como insumo para la obtención de nuevas variedades de semillas. Esto restringe la libre circulación de conocimientos que es esencial para diversas formas de innovación. Esto contribuye a la concentración del mercado; socava la soberanía de los países en desarrollo sobre el cultivo de semillas, tanto en el sector público como en el privado, y reduce la diversidad de variedades de semillas disponibles, ya que la innovación se centra cada vez más en variedades que funcionan con los paquetes tecnológicos vendidos por empresas químicas multinacionales, con menos variedades criadas y adaptadas para diferentes tipos de agricultura y para diferentes tipos de agricultores.
En Argentina y en otros países de la región, las patentes, por ahora, solo pueden usarse en algunos cultivos, para los cuales se permite la modificación genética. Sin embargo, esto puede cambiar en el futuro a medida que se modifiquen genéticamente más cultivos y se modifique la ley de propiedad intelectual de las semillas. Por eso consideramos necesario encontrar una alternativa para proteger la circulación sin obstáculos del germoplasma, el material genético de las semillas, de futuras restricciones.  Con esa intención nace Bioleft.